Se abre el silencio como un espacio para el
despliegue de las formas. Allí, yacientes en la materia de la blancura, de la
abismal blancura del silencio que ofrece el analista, los gérmenes de la
palabra se estremecen. Algunas veces vacilan y tiemblan; otras surgen como
monstruos de la tierra, como sombras inauditas, esas palabras inmensas que
amenazan con abarcar todo el decir del analizante.
Más de una vez se ha escuchado en los
consultorios algo como "tengo ansiedad", y pareciera que esa palabra,
presumiblemente autorizada por los psicólogos, dice algo, alivia, etiqueta,
define. Se pide algo para curar esa sensación, para desaparecer ese síntoma de
la manera más rápida posible. Se recurre entonces a las técnicas de relajación,
a la canalización de esa energía sobrante hacia actividades constructivas. Eso
en algunos casos. En otros, es preferible entregarse al entretenimiento gocero,
ese que no requiere esfuerzo desalienante.
Entonces se comprende por qué se tiende más a
generar deuda en la adquisición de gadgets que a pagar una
sesión con el analista. El catálogo de instrumentos diseñados para el
entretenimiento, palpables o virtuales, crece día con día. No pretendo acá una
crítica dirigida a estos instrumentos, inabarcable en sus especificidades, ni
mucho menos una satanización por lo demás estúpida desde que comparto esta
reflexión por este medio. No. Acá el tema es el silencio.
Hay, en efecto, algo en ese no hacer, en esa
ausencia del ruido instrumental que provoca ansiedad, que recorre el cuerpo
como desagradable relámpago de quién sabe qué tormenta de la que nada se quiere
saber. Ansiedad, miedo, angustia. Algo que incomoda, algo de lo que es mejor
distraerse y que, sin embargo, hay que sostener en un no preguntarse. En casos
excepcionales, habrá quien recurra a la meditación, cuando no se rechaza
precisamente por el silencio mental que exige a sus practicantes.
Preferible, sí, el diagnóstico del catálogo de
enfermedades estadísticas sin la pregunta por la etiología. Sí, preferible el
nombre importado del discurso del saber (supuesto) que se coloca en el lugar
del saber a secas. Y, sobre todo, preferible la pastilla verbal del Otro al cuestionamiento
dirigido a la historia y su compulsivo y repetitivo acontecer.
Ansiedad, miedo,
angustia. Sí: respuestas, afirmaciones, antes que preguntas. Mas, ¿no siente ansiedad el pintor ante el lienzo en blanco?, ¿no experimenta miedo el escritor al contemplar la hoja?, ¿no es la angustia lo que
se vive ante el abismo de la posibilidad de crear?, ¿será el incómodo silencio
aquello que enfrenta el analizante en el umbral de la palabra?
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